Aún no sé qué pasará mañana. Aprendí a la fuerza a no planear más allá de mi sombra. El dolor me obligó a vivir el hoy, el momento; paralicé mi vida como si cada día fuera el último. Agonicé en una espera eterna. Hoy, por momentos, me gana la ansiedad y quiero hacer todo lo que dejé atrás. Pero estoy en el intento de reconstruirme, de reencontrarme, de armar mis pedazos rotos. Estuve mucho tiempo mal… años… Y aun en una milésima de dolor, siento miedo de volver atrás, de no haber sanado, de desandar el sendero de la cura. Como si viviera una ficción, una filmina donde mi vida se torna feliz. Mi mente recuerda el dolor y lo busca, no porque lo quiera, sino por miedo. Es difícil esta transición. Pensé mil veces en la cura, en mis años sanos, y ellos no están. El dolor se ha ido, pero mi cuerpo aún no lo comprende; mi mente todavía divaga en la demencia. Estoy en esa delgada línea siniestra que no tiene explicación: el punto cero. Donde no hay viento, solo ruido blanco...
Genial!!
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