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Mostrando las entradas de noviembre, 2025

Temí

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  Temí Temí tantas veces encontrarte en plena calle y ver el duro verde de tus ojos. Temí tantas veces encontrarme frente a frente y ver tu alma vacía, sin atisbos de amor. Temí recorrer las mismas calles que tu esencia recorría, así que evité caminos dolorosos y esquivé baches del alma. Temí tanto que corrí hacia el lado contrario. Huí como una bestia asustada, corrí del maltrato, corrí del desamparo, del desapego, del desgano. Corrí sin detenerme entre los laberintos de la vida, sin saber que el destino siempre, me lleva a ti. Eres una sombra, una caja que no quiero abrir. Allí no hay ni siquiera recuerdos; sin embargo, está llena de vacíos injustos. Perdida estoy entre los pasillos del destierro. Sumida estoy en la amargura que trajo tu presencia. Aprendí a vivir sin ti, sin tu figura, sin la vorágine de tu presencia oscura. Tanto huí de ti que igual me encuentras y traes contigo lágrimas envueltas en papel de regalo. Sin embargo, ya solté los globos. Ya no lloro como de niña. M...

El fuego de los ceibos

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El fuego de los ceibos Una marea roja ondula entre verdes agrestes, incendiando el paisaje en atardeceres morados. Bajo aquel fuego rojo late mi corazón resignado. Se va apagando lentamente mientras las flores de los ceibos se inclinan de soledad. Llueven gotas de sangre que caen como plumas rojas. El pasto se tiñe de rojo mientras camino por la senda del dolor. Busco entre los pétalos el ardiente deseo de vivir sin sombras. Sin embargo, cuando el sol se desvanece y las gotas de luna acuden al cielo, todo queda en silencio y penumbras. Quizás solo el rumor tímido de un latido solitario intenta luchar contra el destino. He muerto... O quizás solo parte de mí ha muerto. Bajo el fuego de los ceibos, bajo el rojo del campo, bajo atardeceres que expiran en las brumas opacas entre pétalos encendidos de dolor. Noor Yahann 

Hablando con la muerte

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  Hablando con la muerte Mis ojos sonríen aún con una cuota de dolor. El silencio se ha roto tras el brillo de las lágrimas. Mis más profundos deseos se han marchitado. Me voy perdiendo en el desgano a la vida, mi luz se está apagando. Duelen más los sueños rotos que el cuerpo, y aún continúo tratando de armar las fantasías con lentejuelas sin brillo. La música suena y ha quedado atrás el vaivén de un vals. Se ha paralizado la nostalgia y vivo en irrealidades fabricadas con desvelos. Los restos de mí aún están esparcidos; no he logrado juntar mi juventud. Los minutos parecen ser eternos, como la agonía. El cuerpo destrozado marca los finales de una historia. En vano me ilusiono con la mentira y bebo, sorbo a sorbo, en la copa de la ilusión hasta embriagarme. Olvidar el dolor es imposible, olvidar los sueños es un suicidio. Entonces me entrego a la muerte como quien camina la senda del moribundo. Y así termino el día hablando con la muerte. Noor Yahann 

Aún no sé qué pasará mañana.

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  Aún no sé qué pasará mañana. Aprendí a la fuerza a no planear más allá de mi sombra. El dolor me obligó a vivir el hoy, el momento; paralicé mi vida como si cada día fuera el último. Agonicé en una espera eterna.  Hoy, por momentos, me gana la ansiedad y quiero hacer todo lo que dejé atrás. Pero estoy en el intento de reconstruirme, de reencontrarme, de armar mis pedazos rotos. Estuve mucho tiempo mal… años… Y aun en una milésima de dolor, siento miedo de volver atrás, de no haber sanado, de desandar el sendero de la cura. Como si viviera una ficción, una filmina donde mi vida se torna feliz.  Mi mente recuerda el dolor y lo busca, no porque lo quiera, sino por miedo. Es difícil esta transición. Pensé mil veces en la cura, en mis años sanos, y ellos no están. El dolor se ha ido, pero mi cuerpo aún no lo comprende; mi mente todavía divaga en la demencia. Estoy en esa delgada línea siniestra que no tiene explicación: el punto cero. Donde no hay viento, solo ruido blanco...

Conexiones digitales, corazones desconectados

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  Conexiones digitales, corazones desconectados  Vivimos en un mundo donde todo parece reducirse a un like. Donde el afecto se mide con corazones digitales, donde la ausencia de apego y la falta de amor real se camuflan bajo filtros perfectos. Las redes sociales, ese universo que promete conexión, pero muchas veces solo entrega distancia.  Entre niños, adolescentes y adultos, el impacto ya es visible: ansiedad por la aprobación, miedo a quedar afuera, soledad disfrazada de hiperactividad digital. Los "odiadores" (haters) —esos que se escudan en pantallas para escupir ofensas— han convertido la violencia verbal en un deporte. Y los perfiles falsos se multiplican peligrosos, derivan en acusaciones dirigidas a personas equivocadas, identidades robadas, confusiones que pueden lastimar más que cualquier golpe físico.  Todo se convierte en inmediatez. En un clic. En un comentario impulsivo. La realidad se evade y los lazos verdaderos se aflojan, como si ya no recordáramos...

Perdida

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 Perdida   En alguna calle me he perdido; la ciudad parece un laberinto sin retorno. ¿Dónde estará la senda correcta? Me he perdido en la ceguera de la muerte, en la angustia que vaga imprudente por los caminos del infortunio. He quedado olvidada en la casa de los espejos, en un laberinto de reflejos. No encuentro salida. Me he perdido entre la locura de la tormenta, en el devastado ciclo del carrusel sin música. Qué amarga se siente la vida: un trozo de sueños sin recuerdos. Me evoco en la palidez de la luna y me ahogo en la rutina de los días macabros. Mi vida es un ciclón continuo, una bomba a punto de estallar. La sal corroe mis heridas, y fabrico futuros de fantasía que cuelgo en mi pecho cual piedra preciosa. Qué pesadas son las cadenas que arrastro en silencio, en soledad y misterio. Cuando el mundo se termine, cuando sea tarde, veré del sol sus últimos rayos y beberé el vino de la despedida, minutos antes de la muerte.