El día en que el cuerpo dijo basta
El día en que el cuerpo dijo basta
Llevo días caminando con el cansancio a cuestas.
No llegó de golpe. Se instaló lentamente, como una sombra que se acomoda en los rincones de la casa. Primero fue el agotamiento. Después la dificultad para concentrarme. Luego la niebla mental, esa vieja conocida que borra palabras, confunde ideas y vuelve pesados los pensamientos.
Seguí adelante.
Como hacemos tantas personas que convivimos con el dolor crónico: avanzamos un poco más. Terminamos una tarea más. Cumplimos un compromiso más.
Hasta que hoy el cuerpo dijo basta.
No pude levantarme de la cama. Tuve que suspender mis clases. Sentí una fragilidad difícil de describir, como si toda mi energía hubiera sido absorbida durante la noche.
La fibromialgia tiene formas curiosas de hacerse presente. No siempre grita. A veces susurra durante días antes de convertirse en una tormenta. La niebla mental llegó acompañada por la alodinia en el cuero cabelludo, ese dolor absurdo que transforma una simple caricia o el peso del cabello en una molestia persistente.
Y mientras permanecía acostada, apareció la culpa.
La culpa por no producir. La culpa por no enseñar. La culpa por no ser la versión de mí misma que imaginaba para este día.
Pero poco a poco comprendí algo.
Descansar no es abandonar.
Escuchar al cuerpo no es rendirse.
Detenerse cuando ya no queda energía no es una derrota; es un acto de supervivencia.
Hoy no hubo danza. No hubo proyectos. No hubo productividad.
Hubo descanso.
Y quizá eso era exactamente lo que necesitaba este cuerpo cansado que, a pesar de todo, sigue intentando encontrar el camino hacia la sanación.
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