Cuando la violencia acaricia con pétalos de flor
Cuando la violencia acaricia con pétalos de flor
Un día bueno, un día malo.
Un día bueno, dos días malos...
Un día bueno, tres días malos...
El cíclico de la violencia.
No la que te deja marcas en el cuerpo,
sino la que te deja marcas en el alma.
No de pareja, sino la intrafamiliar.
Es una rueda infinita
a la que ya estás acostumbrada desde los años tempranos,
tan silenciosa que no sientes cuánto se te mete en el cuerpo
y cuánto de ti desgarra,
como un aguijón de avispa.
Cuando empiezas a notarlo, ya es tarde:
la nube tóxica ya tomó tus pulmones.
Pero te das cuenta de que no te lo mereces.
Y sigues agachando la cabeza,
porque siempre, todo lo que hiciste, estuvo mal.
Hablas palabras ensayadas…
como el muñeco de un ventrílocuo.
Así de patética te conviertes.
Pero desde niña.
Entonces creces pensando que eso es normal:
que alguien más piense por ti,
que tú no puedas actuar sin preguntar.
Sin embargo, en tu cabeza
vuelan mariposas y caballos de fuego.
La atmósfera real pesa como cemento,
como una cruz que jamás
decidiste llevar,
pero la cargas:
con culpas,
con reproches.
Hasta los momentos más felices
tienen una cuota de sufrimiento.
Convives con algo mordaz,
en continuo estado de estrés.
Una palabra equivocada,
una risa inoportuna,
una idea fugaz,
un simple “te quiero” dado,
pero no recibido.
Y eres incapaz de huir.
No por falta de coraje,
sino porque de niña
te fueron cortando las alas de a poco,
y jamás aprendiste a volar.
Simplemente.
Porque sigues buscando la aprobación,
porque sigues buscando el “esta vez me saldrá bien”,
pero nunca es suficiente,
nunca alcanza.
Y te conformas con migajas de amor instantáneo,
de a ratos...
Porque de pronto
las cosas cambian drásticamente
y no sabes por qué.
Solo se levanta el caos.
El mundo gira a su alrededor
y tú, como una luna triste,
también lo haces.
Dejaste de ser niña,
pero aún no creces…
porque no puedes cortar los lazos:
te escondieron todas las tijeras.
Es una lucha puertas adentro.
Un punto negro en la pared.
Una sombra en el agua.
Una toalla mal puesta.
Tus sueños diferentes no combinan.
No hay aromas dulces,
solo manías frenéticas,
repetidas hasta cansar.
Movimientos sistemáticos,
repetidos sin sentido
y mal avenidos.
El agobio del control,
el reloj,
el teléfono,
el diario que escondes.
Los portazos duelen más en el alma
que en los oídos;
el ninguneo duele más
que mil cuchillas.
Pero te tragas las lágrimas
y el orgullo.
Todo se desconecta de pronto
y te encuentras en medio del mar,
sin salvavidas…
No te dejaron llevarlo.
La adultez te encuentra entonces
con todo a medio vivir;
fue lo que te dejaron
y así debes ser feliz…
con nada.
Hay ciclos de los que jamás puedes salir:
solo la muerte marca el punto final
para devorarte.
¿Es cruel?… Sí.
¿Es merecido?… No.
¿Por qué?… No lo sé.
Mi mundo es oscuro
desde que nací.
Pero me di cuenta tarde.
Noor Yahann

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